Me equivoqué de sonrisa, esta noche. ¡Si al menos desapareciera al amanecer! Me persiguen esos ojos ¿almendrados?¿ verdes? ¿azules? ¿ grises? Negros; negros y suyos. Corro hasta la esquina más próxima… Parece que… Sí, siguen ahí –insaciables, tan empeñados en ser vistos como la primera vez que los vi o que me vieron. Tal vez los haya despistado... Dentro de uno, de dos o de tres días volverán a encontrarme, cuando se acuerden de mí. Y volveré a intentar escapar.
Si es que… tú… Pero yo ya tengo una sonrisa. Borraré con ella hasta que desaparezcan esas rayas azules, hasta que se desvanezcan. Esos ojos. Fijos. No… Diles que no me miren, que no me llamen.
Olvida ese sueño. Otro. Tira la mesa cuando te despiertes, o cámbiala de color. Pinta, pinta sobre lo pintado. Afila el lápiz de tachar impulsos sin sentido y rompe el de avivar fuegos que ni alumbran ni calientan: que sólo queman.
Ahora temo dormir porque hoy… no quiero soñar nada.


