
Una raza que no entiende de colores ni de fronteras; una tan ancestral como las otras pero tan inextinguible como a la respetable especie de las cucarachas se le atribuye. La de los creadores del genuino arte de vanagloriarse del trabajo de otro. Nacen o se hacen: aún no tenemos respuesta.
De los ombligocéntricos desconsiderados podríamos extraer todo un diccionario atestado de una muy negativa terminología.
(…)
Pero, sin embargo, los vocablos malsonantes suelen tener un carácter bastante poco definitorio. Así que me ceñiré a una breve descripción para intentar abrir los ojos a algún que otro despistado antes de que un desaprensivo decida apropiarse de ellos –ahora que no miran.
Los chupasangre acechan a sus presas en cualquier situación espacio temporal. En la oficina, en la universidad, en el colegio, en la calle, “a la salida”, al otro lado del teléfono, a través de Internet, cuando subes en globo, cuando te lavas los dientes, cuando duermes. No importa. Nunca molestan. Los inventores del todo-vale lo pueden todo. Aunque no valga y pese a que no suelan valer. Las víctimas tienen una ventaja para los cazadores: no son de un solo uso. Son totalmente reciclables e inofensivas hasta que se les llena el vaso. ¡Vaya! Mejor no lo digo muy alto, no vaya a ser que se animen más (demasiada fuerza y ego-tesón traen ya de fábrica).
¡Lo he visto! Y la idea de un innatismo marmóreofacial se me presenta como más que probable. Porque para disfrazar de desinterés el más interesado de los propósitos es necesaria una sobredosis de pintura y falso carnaval que –por fortuna- hay quien no puede soportar. Demasiado mutismo cerebral para palabras que sería preferible que estuvieran vacías.
A mí ya no me engañan.


